Érase una vez en un lejano pueblo, un niño llamado Luis que tenía un poder muy especial: podía domar relámpagos. Este don lo había heredado de su abuela, una poderosa hechicera. Todos en el pueblo temían a los relámpagos, pero Luis sabía que podían ser sus amigos.
Un día, una terrible tormenta se desató sobre el pueblo. Los relámpagos caían del cielo, causando estragos y asustando a todos los habitantes. Luis decidió que era el momento de demostrar su habilidad y ayudar a su pueblo.
Con valentía, Luis se adentró en la tormenta. Extendió sus brazos y con voz firme dijo: ‘¡Relámpagos, yo os domo!’. Para sorpresa de todos, los relámpagos comenzaron a bailar a su alrededor, formando figuras en el cielo y iluminando la noche como nunca antes se había visto.
Los habitantes del pueblo, maravillados por lo que veían, se acercaron a Luis. ‘¡Es increíble!’ exclamó la anciana del pueblo. ‘Nunca habíamos visto nada igual’.
De repente, un relámpago gigante descendió del cielo, amenazando con destruirlo todo. Luis supo que esta era su prueba más difícil. Se enfrentó al relámpago con determinación, recordando las enseñanzas de su abuela.
‘Tienes que escuchar su voz’, le había dicho su abuela. Luis cerró los ojos y se concentró. Escuchó el sonido del relámpago, no como un rugido amenazante, sino como un susurro que buscaba compañía.
‘No temas, amigo’, dijo Luis en voz baja. ‘Estoy aquí para ayudarte’. El relámpago se detuvo, como si sorprendido por las palabras de Luis. Poco a poco, su brillo se fue apagando hasta convertirse en una luz suave y cálida.
El pueblo estalló en júbilo al ver la hazaña de Luis. Desde ese día, los relámpagos nunca volvieron a ser un peligro para el pueblo. Luis los había domado con bondad y valentía.
Y colorín colorado, este cuento del niño que domaba relámpagos se ha acabado.
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