Había una vez un caballo llamado Rayo, que soñaba con galopar por encima de las nubes. Desde pequeño, observaba con envidia a las aves que volaban libres en el cielo y anhelaba con todas sus fuerzas poder hacer lo mismo. Un día, decidió emprender un viaje en busca de las nubes y vivir la aventura de correr sobre ellas.
Durante su travesía, Rayo se encontró con una familia de pájaros que le advirtieron sobre los peligros de su misión. ‘Los caballos no pueden volar, querido amigo. Es mejor que te quedes en tierra firme, donde estás a salvo’, le dijeron con preocupación los pajaritos.
Pero Rayo estaba decidido a cumplir su sueño, y siguió adelante sin escuchar los consejos de los pájaros. Finalmente, llegó a una montaña muy alta donde las nubes se veían más cerca que nunca. Con determinación, el caballo dio un salto gigante y ¡sorprendentemente comenzó a elevarse por encima de las nubes!
A medida que Rayo galopaba sobre las nubes, sentía una felicidad indescriptible. El viento soplaba con suavidad en su cara y el sol brillaba con fuerza a su alrededor. Sin embargo, pronto se dio cuenta de un problema: no sabía cómo regresar a tierra firme.
El caballo se puso nervioso y comenzó a relinchar angustiado. En ese momento, apareció una nube con forma de anciana sabia que le dijo: ‘Querido Rayo, para volver a casa, debes cerrar los ojos y desear con todo tu corazón estar de vuelta en el suelo’. Sin dudarlo, Rayo siguió el consejo de la nube anciana y, al abrir los ojos, se encontraba de nuevo en la pradera, con sus patas firmemente apoyadas en la tierra.
Desde ese día, Rayo supo que no era necesario volar sobre las nubes para sentirse libre y feliz. Lo importante era mantener vivos sus sueños, pero sin olvidar nunca quién era en realidad y cuál era su lugar en el mundo.
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