En un pequeño pueblo encantado vivía un niño llamado Nico que siempre había soñado con tener un amigo invisible. Un día, al despertarse, se dio cuenta de que su deseo se había hecho realidad y su nuevo amigo invisible estaba dispuesto a jugar con él. Sin embargo, este amigo invisible tenía un juego favorito: las escondidas.
Nico, emocionado por la idea de jugar a las escondidas con su amigo invisible, se puso manos a la obra. Pero pronto descubrió que su amigo era muy bueno escondiéndose, ¡tanto que Nico no podía encontrarlo en ningún lugar del pueblo!
Después de buscar y buscar por todas partes, Nico decidió pedir ayuda a los habitantes del pueblo. La abuela Rosa, una mujer sabia y gentil, le aconsejó:
-Nico, para encontrar a tu amigo invisible, primero debes abrir bien los ojos y después abrir bien tu corazón. Solo así podrás descubrir donde se esconde.
Nico agradeció a la abuela Rosa por su consejo y decidió seguirlo al pie de la letra. Respiró hondo, abrió bien los ojos y empezó a buscar a su amigo invisible con el corazón lleno de amor y emoción.
Recorrió todo el pueblo, mirando en cada rincón y prestando atención a cada pequeño detalle. Hasta que, de repente, escuchó una risita traviesa que venía del jardín. ¡Era su amigo invisible! Estaba escondido entre las flores, disfrutando del juego y esperando a ser descubierto.
Nico se acercó despacio, con una gran sonrisa en la cara, y le dijo:
-¡Te encontré! ¡Eres muy bueno jugando a las escondidas!
El amigo invisible, feliz de haber sido encontrado, le respondió con alegría:
-Gracias, Nico. Me encanta jugar contigo. Eres un gran amigo.
Desde ese día, Nico y su amigo invisible jugaron juntos a muchas otras cosas, siempre con los ojos y el corazón bien abiertos. Y aunque a veces su amigo seguía siendo muy bueno escondiéndose, Nico nunca más se sintió solo, porque sabía que su amigo invisible siempre estaría allí, listo para jugar y divertirse juntos.
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