Érase una vez, en un lejano bosque, un ratón llamado Rodolfo y una hormiga llamada Marieta que eran grandes amigos. Un día, mientras paseaban juntos, vieron un puntito brillante en el cielo.
—¡Mira, Marieta! ¡Eso debe ser el sol! —exclamó Rodolfo con asombro.
—¡Oh, qué hermoso es! Pero está tan lejos que nunca podremos llegar hasta él —suspiró Marieta con tristeza.
Los dos amigos se pusieron a pensar en cómo podrían llegar hasta el sol. Después de mucho cavilar, se les ocurrió una idea.
—¡Ya sé! Podríamos construir unas alas y volar hasta el sol —propuso Rodolfo emocionado.
—¡Esa es una idea maravillosa! Construyamos las alas cuanto antes —respondió Marieta, contagiada por el entusiasmo de su amigo.
Así pues, los dos amigos se pusieron manos a la obra. Recogieron ramas, hojas y flores para construir las alas. Rodolfo tenía mucha habilidad con sus pequeñas patitas y construyó unas alas grandes y fuertes. Marieta, por su parte, tejía con sus mandíbulas una tela resistente que serviría de soporte a las alas.
Cuando terminaron, se colocaron las alas y se miraron emocionados.
—¡Ha llegado el momento de volar al sol, amigo mío! —dijo Rodolfo con determinación.
—¡Sí, vamos juntos, hasta alcanzarlo! —respondió Marieta, lista para despegar.
Con un impulso fuerte, Rodolfo y Marieta echaron a volar. Subieron y subieron, cada vez más alto, hasta que estaban cerca del sol. El calor era intenso y sentían sus alas temblar, pero no se dieron por vencidos.
Justo cuando parecía que iban a conseguir su objetivo, una corriente de aire los separó. Marieta comenzó a descender, incapaz de mantenerse en el aire.
—¡Marieta, aguanta! ¡No te preocupes, yo iré por ti! —gritó Rodolfo desde arriba.
Con todas sus fuerzas, Rodolfo se lanzó en picado hacia Marieta. La agarró con sus patitas y juntos planearon de vuelta hacia el suelo.
—¡Lo logramos, amigo! Aunque no llegamos al sol, volamos juntos y eso es lo importante —dijo Marieta con una sonrisa.
—¡Sí, lo importante es la amistad y la valentía de intentarlo! Nunca olvidaré este vuelo, Marieta —respondió Rodolfo emocionado.
Desde ese día, Rodolfo y Marieta siguieron siendo grandes amigos y recordaban con alegría su aventura volando hacia el sol. Y aunque no pudieron tocarlo, en sus corazones siempre brilló la luz de la valentía y la amistad.
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